Germán Gómez: Educación cívica en los colegios

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educacion civicaHace unas semanas, los senadores Alberto Espina y Patricio Walker presentaron una iniciativa legal para que en los colegios se aborden los conocimientos del orden político desde el currículo. No hay muchos datos acerca de este proyecto, pero parece interesante que legisladores de sectores políticos antagónicos se preocupen por fortalecer un área tan importante para el buen funcionamiento de nuestra democracia, la que desde hace algunas décadas está evidenciando una profunda vulnerabilidad en lo que respecta al funcionamiento y credibilidad de sus instituciones. Para nadie resulta un misterio que hoy asistimos a un gran desapego de la práctica política con los referentes éticos básicos, y por ello, establecer un área de formación cívica en el currículo parece una buena idea, siempre que no la proyecten como un objetivo para influir en una forma de participación específica dentro del orden social. En este contexto, incluir expresamente la educación cívica en los centros educativos, se justifica si lo que se busca es una sincera valoración ética respecto de los distintos niveles de injerencia que los ciudadanos puedan tener en el ejercicio político, ya sea en la votación por representantes del poder político local o central; o se trate de la participación en movimientos sociales y múltiples formas de colectivos que desde sus intereses concretos procuren el bien común. En esa orientación, la formación cívica en tanto contenido curricular, se espera que contribuya con eficacia pedagógica, a que recuperemos el valor central de la ciudadanía en la composición de la vida en común. Pero ¿cuál será la perspectiva filosófica que orientará esta área curricular? El enfoque liberal, que distancia apasionadamente lo privado de lo público con el afán de sobredimensionar el ámbito de una vida privada, no parece lo más adecuado, por cuanto promueve una actitud política superficial, que se queda en el nivel de mera exigencia al reconocimiento de ciertos derechos del individuo, negando de esa forma, la dimensión profunda y directamente política del ser humano. Este criterio, en los hechos, menosprecia que a las personas le corresponde, por su propia naturaleza, la vocación de ciudadanía, y que en ella la amistad cumple un rol fundamental. Una inspiración más acorde con las necesidades del país es rescatar la clásica virtud de la amistad en tanto eje de la ciudadanía. En efecto, desde el tiempo de Aristóteles, para reconocidos pensadores la actitud práctica que permitiría edificar una sociedad buena, que se distinga por la genuina búsqueda del bien común en un ambiente de espontánea, pero razonada cooperación, supone el desarrollo de la amistad, por estimar que ella es la virtud que da vida a la ciudadanía. En cualquier caso, será todo un desafío reforzar que la ciudadanía, como condición que hay que conquistar a través de la puesta en práctica de un conjunto de valores y hábitos, debe ser visible en la práctica de la justicia; en el aprecio y cultivo de la vida en comunidad; en la promoción de la solidaridad por sobre la competencia; y en la inhibición de la codicia en favor del sacrificio.

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