Ebrios de azul

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“Duele ver a la selva fría chilena arrasada y reemplazada por los pinos foráneos, que secan y matan la tierra…”

bosqueNos despertamos en el corazón del bosque. No en cualquier bosque, sino en un bosque nativo, fragante, silencioso, de altos olivillos y coigües delicados. Haber dormido adentro de un bosque así produce transformaciones sutiles, pero profundas, sobre todo para el que viene de la selva de cemento. Los primeros en transformarse son mis hijos: son las siete de la mañana, ha comenzado a amanecer y ellos saltan de los sacos de dormir como gnomos dispuestos a recorrer el laberinto verde otra vez. Sus lámparas son sus propios ojos, que se han limpiado en estos días de inmersión en el verde. Todos sus sentidos están más alertas, todos los pájaros tienen nombre propio y los zorros con los que nos encontramos parecen recordarnos un secreto esencial que habíamos olvidado. Y, además, acaban de hacerse de un amiguito, Isis, un niño de siete años de la vecina ciudad de Neltume, que vive adentro de este bosque y que sabe cosas que mis hijos (que estudian en un colegio de “élite”) ignoran.

Isis no camina, salta. Es como un espíritu mapuche del bosque. Su entusiasmo, su alegría, contagian, invitan a perderse en todos los senderos que se abren, está ebrio. Porque uno en el bosque nativo se emborracha. Eso me lo enseñó el poeta mapuche Elicura Chihuailaf en una conversación que tuvimos hace unos años, en la que me relató su infancia, el contacto prematuro con el humus y las hojas. Hay unos versos de un poema suyo que dicen (si no recuerdo mal) “ebrio de azul, vago por la taberna sagrada”. La taberna sagrada es el bosque nativo y el azul es el color fundamental de la cultura mapuche. Así nos despertamos hoy, ebrios de azul. Pero el bosque nativo chileno no es solo una taberna espléndida para despertar los sentidos. También es una gran escuela de vida, no una escuela de informaciones (nuestro tiempo es el tiempo del exceso de información), sino de saberes, de sabidurías. El bosque es una gran maternidad y un gran cementerio al mismo tiempo: los árboles caídos se llenan de musgos, helechos y también de árboles nuevos. Ahí mis hijos acaban de comprender que la muerte y la vida están íntimamente unidas, no están separadas, como nos lo ha transmitido nuestra cultura. En realidad, en nuestras escuelas no se enseña ni cómo vivir ni cómo morir, y nadie lleva a los niños a los bosques, que debieran ser los templos y las academias de todos los que nacen en este territorio. Recolectamos hojas de los distintos árboles y jugamos a que cada árbol es un libro y cada hoja es un capítulo. No hay una hoja igual a otra, no hay un verde que copie a otro verde. Cada árbol es un mundo, y el bosque es una galaxia de mundos que coexisten en armonía sinfónica. La selva fría es un laboratorio de lo que alguna vez fuimos (antes de nuestra autoexpulsión del paraíso) y de lo que podríamos llegar a ser. Por eso duele ver a la selva fría chilena arrasada y reemplazada por los pinos foráneos, que secan y matan la tierra. Violenta descubrir la irrupción de los bosques de pinos, esos “desiertos verdes”. Los que asesinan el bosque nativo no saben lo que hacen, nunca durmieron siquiera una noche adentro de él, nunca tomaron el humus entre sus manos para olerlo, para embriagarse. Isis me trae unas hojitas de coigüe y comienza a leer en ellas acertijos y premoniciones. Niño lector de la savia, la lluvia y los silencios. Al mirarlo pienso en esos millones de niños analfabetos de nuestras grandes ciudades, que nunca sabrán lo que es dormir, soñar y despertar en un bosque. Nos tenemos que despedir de Isis, nuestro avezado guía, tenemos que regresar. ¿Nos volveremos a ver, niño del bosque, antes de la próxima lluvia? Si el azar nos separa, que nos junte al menos alguna vez la muerte, pero la muerte que el bosque enseña, no otra. Esa muerte que aprenderemos cuando en nuestros epitafios leamos los versos de Teillier, el niño de Lautaro: “Si alguna vez / mi voz deja de escucharse/ piensen que el bosque habla por mí/ con su lenguaje de raíces”.

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