La JEC, otra deuda para la educación

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jornadaDesde mi experiencia como docente de aula, viví la llegada de la Jornada Escolar Completa Diurna como una incerteza, una vorágine de cambio de un año para el otro. La reforma educacional de 1996 traía esta novedad importada desde los países europeos y asiáticos e implicaba que los alumnos y los profesores permaneciéramos mayor cantidad de horas en el establecimiento educacional.

Digo que partió como una incerteza, porque en un principio, y aún creo yo, no había claridad sobre su significado. Se habló de talleres para los alumnos, horas de estudio, horas para hacer tareas en la escuela. Siempre digo que a nosotros “nos cayó” la JECD, porque llegó sin mayores instrucciones. ¿Qué hacer? ¿Qué significaba? ¿Como que los niños almorzarían en la escuela? ¿Sólo clases de currículum en la mañana? ¿Qué era eso de los talleres “entretenidos” para la tarde? Muchas preguntas sin respuesta.

Aprendimos con la práctica, junto con los alumnos, lo que significaba o lo que nosotros llegamos a pensar que significaba. Donde yo trabajaba se implementó el año 2000, desde tercero básico hasta cuarto medio. Esos alumnos de cuarto medio reclamaron todo el año porque debían quedarse en el colegio hasta las cuatro y media de la tarde. Fue un año difícil, de muchas tensiones y acomodos. Las luces acerca de la JEC fueron llegando de a poco a través de cursos para docentes y directivos.

Han pasado años de mayor tiempo en la escuela. Profesores y alumnos aprendimos a convivir en un espacio común, con tiempos ordenados de acuerdo a las instrucciones ministeriales que no especifican tiempos de talleres, deportes o artes y menos, tiempo para el trabajo de los profesores. Yo veo que pasa y pasa el tiempo y la JEC no es un tema en el debate ni en el estudio académico. La Universidad Católica de Chile hizo un estudio el año 2005 y llegó a conclusiones alarmantes, las que podía constatar en mi colegio, pero no hubo mayores reacciones públicas.

Lo que yo percibo es que en este punto hubo una separación de los establecimientos educacionales, no importando su dependencia, entre otras formas de segregación. Por una parte están los que se interesaron en mostrar buenos resultados a través de las pruebas nacionales (SIMCE, PSU) y formar parte de un ranking que los destacara. Y por otro lado, los que no se interesaron o no pudieron, no sé cómo decirlo, y siguieron trabajando un proyecto educativo particular, con otros fines.

Los primeros son muy cotizados por los padres y apoderados y son altamente exigentes a la hora de impartir clases que conduzcan a obtener los anhelados buenos resultados y en donde la palabra ‘calidad’ comenzó a usarse en todos los discursos. Pero esto solo significa preparar a los alumnos para rendir bien las pruebas y para ello se necesitan más horas de trabajo de lenguaje, matemática, ciencias e historia y menos de cualquier otra cosa que no sea el objetivo. Lo que no significa es que se trabaje por reales aprendizajes, con tiempo para aprender, para comprender, para realizar, experimentar, construir, compartir.

Creo que es una deuda el análisis serio y en profundidad de un sistema que a casi dos décadas de haberse implementado no rinde los frutos que se esperaba.

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