Gobernar para el milagro

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MILAGROSorprende escuchar a un Presidente de la República, en un discurso ante los representantes en Naciones Unidas, interpelar a los asistentes diciéndoles: “Piensen que la vida es un milagro, que estamos vivos por un milagro, y nada vale más que la vida”. Es un milagro que un político nos haga pensar, nos asombre, despierte en nosotros el viejo thaumazein (maravilla) ante la existencia, y que su discurso no sea una retahíla de cifras o una pura alabanza del “milagro económico”. José Mujica, Presidente de Uruguay, una vez más da una lección a sus pares de lo que significa hoy gobernar un país. Antes, los gobernantes en la antigüedad debían tener atributos guerreros; después, un líder debía ser un adalid de la retórica, y en los últimos tiempos abundaron los presidentes-gerentes. Mujica, en cambio, incorpora la sabiduría como dimensión fundamental del gobernar, en momentos en que millones se sienten desafectados de una política que perdió el norte y el sentido. Un Presidente nuestro, del viejo radicalismo, Pedro Aguirre Cerda, dijo que “gobernar es educar”. Un gobernante no solo debe garantizar una educación pública digna, sino también ser un educador de su pueblo, en sus gestos, sus acciones, sus palabras, sus virtudes que despiertan la admiración. Mujica, al hablar ante otros presidentes, en realidad está educando, más que al pueblo, a los políticos, a los que toman decisiones estratégicas hoy en el mundo. Y al hablarles así parece querer recordarles el sentido genuino y original de la política, hoy olvidado y desfigurado en los laberintos tecnocráticos. Mujica afirma, en este mismo discurso, que “para que estos sueños sean posibles necesitamos gobernarnos a nosotros mismos, o sucumbiremos porque no somos capaces de estar a la altura de la civilización que en los hechos fuimos desarrollando”. El autogobierno —esencial en los consejos que sabios de la talla de Confucio y Lao-Tsé daban a los emperadores de su época— parece no formar parte hoy del perfil requerido de un estadista o un gobernante. Pero en tiempos tan convulsionados y vertiginosos, en que el hacer y el cosismo no dejan tiempo para la reflexión profunda, ese autogobierno debiera ser una exigencia a quienes pretenden dirigirnos. La incoherencia entre lo interior y lo exterior en las máximas autoridades de los países es una de las causas de la sospecha que se ha instalado entre los ciudadanos. Ellos dejaron de creerles a aquellos que dicen una cosa y luego hacen otra, sin arrugarse siquiera. Mujica tiene algo de Presidente-filósofo, como pudo serlo un Solón en Grecia o como lo soñó Platón cuando imaginó a aquellos mejores que podían dirigir los destinos de una comunidad. Y un Presidente que piensa ¿no hace hoy una tremenda diferencia? Pero su pensar no debe ser teórico, de especialista, sino un pensar cercano a la sabiduría. El tiempo de los presidentes abogados o economistas tal vez ya pasó: hoy necesitamos presidentes sabios, hondos, humanistas y conectados con lo humano. Ellos sí pueden movilizar a los países detrás de grandes sueños y transformaciones. ¿O acaso Mandela no es el ejemplo más claro de que virtudes como esas tienen una eficacia muchas veces mayor que un mero pragmatismo sin alma? Mientras la mayoría de los líderes hoy nos llama a consumir sin límites para dar dinamismo a las economías, este uruguayo con los pies bien puestos en la tierra (es de origen rural) nos alerta frente a una civilización del despilfarro y nos propone una civilización de la sencillez, la sobriedad, ligada a los ciclos naturales. Esa es la nueva política que ansiamos hoy, no la de los cuchillos largos o cortos ni la de las repartijas de cuotas de poder. El viejo liderazgo no sirve para cuidar el milagro de la vida en esta tierra, hoy en peligro. Por eso, la sabiduría tiene que volver a gobernar.

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