La Docencia en la Educación Superior

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Alexis Moreira ArenasNuestro país ha suscrito muchos convenios para elevar la calidad de la formación de sus profesionales. A partir de ellos, como el proyecto Tuning, se espera que las instituciones de formación superior desarrollen en sus estudiantes las competencias genéricas que les permitan entrar a las grandes ligas, aportando y siendo factor para los cambios positivos que se requieren.

Las llamadas competencias genéricas son alrededor de treinta, entre otras las  habilidades relacionadas con el pensamiento, la innovación, la planificación, el uso de las tecnologías, el desarrollo de proyectos, la comunicación, el trabajo en equipo y muchas más. En el caso de los estudiantes de pedagogía hay otras tantas, específicas para desarrollar su labor. Es natural creer que el desarrollo de estas competencias ocurra desde la educación escolar y se afiance en la educación superior. No obstante lo anterior,  la manera en que se forma a los estudiantes en la mayoría de las instituciones educativas, tanto las escolares como las de educación superior, nos muestra una gran brecha para que ello pueda ocurrir. Para efectos de este artículo, nos enfocaremos exclusivamente en la docencia en educación superior. Los estudiantes de este nivel reciben, en su mayoría, una formación académica tradicional, podríamos decir hereditaria, igual a la que recibieron sus profesores y, a su vez, los que los formaron a ellos. La participación de los estudiantes se limita a recibir (escuchando, leyendo u observando) la información proveniente de los profesores, que en muchos de los casos no han recibido formación pedagógica, que sí son expertos en sus especialidades, pero no han logrado asociar esos campos del conocimiento con la docencia, siendo la gran traba a la hora de otorgar una “formación integral” a cada uno de los estudiantes. Otro de los aspectos clave en la formación, son los sistemas llamados “de evaluación”, tanto de los progresos de los estudiantes como de los propios académicos. En el primero de ellos, la calificación de los estudiantes dista mucho de procesos que permitan adquirir autonomía, dejando de lado el carácter formativo que se espera, y en el caso de las calificaciones de los profesores, no pasan en su mayoría de ser encuestas en que los estudiantes manifiestan su “aprobación” o no de los académicos. Los estudiantes perciben que algo no marcha, que algo extraño ocurre, muchos  se quejan, en algunas organizaciones estudiantiles incluso reclaman formalmente argumentando que la formación no les entrega las herramientas suficientes para el ejercicio profesional de acuerdo a las necesidades actuales. En el caso de los estudiantes de pedagogía, el caso es aún más grave. Sus formadores, que sí provienen en una gran cantidad del campo de la pedagogía, no necesariamente se han actualizado para utilizar metodologías y estrategias acordes con lo que los futuros profesores necesitarán en su ejercicio profesional. A lo anterior, también se suma la falta de un sistema organizado, que les permita realizar su formación práctica de manera coherente y estructurada de acuerdo a las necesidades de los alumnos y alumnas del sistema escolar. Cabe destacar que, muchos de los documentos  internos y sitios web institucionales declaran todo lo contrario a lo antes mencionado, pues se comprometen a formar profesionales para el siglo XXI, promoviendo la calidad de su preparación bajo modelos basados en competencias, con foco en la formación de cada uno de sus estudiantes, con fomento de actitudes y  valores que los distinguen de otras instituciones, entre otras maravillas, que suman y suman características particulares que invitan a elegirlos como opción de formación. Entonces ¿dónde es que se produce esta enorme brecha entre el discurso y la  práctica? ¿Qué sucede con este tema en las acreditaciones? ¿De quién es la responsabilidad? ¿Solamente de los académicos? ¿Solamente de las instituciones? Indudablemente, la responsabilidad está en cada uno de los actores del sistema. Una parte en los pedagogos, que no sienten necesario actualizar sus conocimientos, otra parte en aquellos expertos que dictan clases y que no creen que sea necesario tener conocimiento pedagógico para enseñar, porque están convencidos que sólo basta con conocer en profundidad su materia. Pero, también en quienes tienen a cargo el control interno de la docencia, los responsables de concretar aquellos proyectos tan bien redactados y publicitados, que tal vez también desconocen la importancia de la pedagogía, de la didáctica, o la andragogía, en algunos casos. Por supuesto que en un sistema organizado,  capaz de garantizar que la formación de los futuros profesionales cumpla de verdad con los parámetros que se declaran, se deben entregar los lineamientos de base para que esto ocurra y, por otro lado, realizar los controles que permitan en un sistema de evaluación permanente y serio desarrollar ciclos de mejora continua. La docencia en la formación superior es tan importante como la de todos los niveles de la enseñanza, la única diferencia está en que los estudiantes tienen experiencia y conocimiento, que les permite tener conciencia sobre que algo anda mal, aunque no tengan y no tienen por qué tener las palabras exactas para expresarlo, pero lo sienten y se quejan con toda razón. Un país que pretende estar al nivel de los avanzados, también debe hacerse cargo de este aspecto, el cual parece desestimado en el contexto actual.   Ingrid Boerr Romero Profesora y Magíster en Gestión y Planificación Educacional   Alexis Moreira Arenas Profesor y Magíster en Dirección y Liderazgo para la Gestión Educativa

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