De números y letras: el impacto de los genes en la escuela

0
4

El 80% de las diferencias que muestran los niños al aprender a leer y escribir tiene base hereditaria. Un reciente libro explica que algo similar pasa con las matemáticas y las ciencias, análisis que podría servir para personalizar la educación.

letrasKATHRYN Asbury aún recuerda la escuela básica que la acogió en los 80. ¿La razón? Según esta profesora de Sicología de la Educación de la U. de York (Inglaterra), tanto el colegio St. Dominic como su director lograban que cada alumno se sintiera especial, cualesquiera que fueran sus debilidades o fortalezas particulares. “Lograban identificar y alentar los talentos de cada niño, construyendo su confianza y sus opciones de un mejor futuro. Era una escuela con la cual siento una deuda especial”, dijo Asbury al Yorkshire Post.

Luego de explorar numerosas opciones para replicar ese ambiente, se asoció con Robert Plomin, investigador del King’s College (Inglaterra) y uno de los mayores expertos en genética conductual, es decir, en el estudio de la forma en que las diferencias en el ADN influyen en las acciones y capacidades de las personas. Ambos están a cargo del estudio “Teds”, que recoge datos de los gemelos nacidos en Inglaterra y Gales entre 1994 y 1996: al compartir el 100% de su ADN estos niños son ideales para descifrar cómo influyen la crianza y los rasgos heredables en aspectos como el aprendizaje.

El fruto de los análisis de estos investigadores y de otros estudios recopilados por ellos da forma al libro La G es para los genes: el impacto de la genética en la educación y los logros. La evidencia es clara y revela que la genética es clave en la educación. Un ejemplo: el 80% de las diferencias que muestran los niños en su desmempeño al leer y escribir tiene base hereditaria. En las matemáticas, ese índice varía entre 60% y 70%, y si se habla de ciencias como la biología las cifras rondan entre 50% y 60%.

Asbury explica a Tendencias que estos números no quieren decir que la crianza no importe, ya que si a un niño no se le enseña a leer y no se lo expone a muchos textos simplemente no aprenderá, independientemente del ADN que tenga. Donde la genética sí influye es en cuán rápido y cuán bien llega a leer ese menor. De cierta forma, afirma la académica, los genes explican en gran parte por qué algunos niños se devoran rápidamente un libro de Harry Potter mientras otros se pierden con sólo leer una frase.

Por eso estos expertos plantean que, tal vez, ahí está la clave de recrear un ambiente como el que Asbury disfrutó en su escuela: en el futuro la genética permitiría usar el ADN para detectar fortalezas y debilidades, y así adaptar la educación para que florezcan las habilidades de cada menor. La idea no es sólo potenciar a los más dotados en disciplinas más tradicionales como la lectura, sino también identificar a los más vulnerables o a quienes tienen más propensión a la mecánica o las artes, modificando los programas de estudio y sacar más provecho a sus talentos individuales.

“Nuestro fin es presentar esta evidencia y abrir una conversación sobre cómo puede ayudar a la labor de escuelas y profesores. La hipótesis es que más niños prosperarán en ambientes de aprendizaje personalizados. Por ahora es sólo una teoría, pero concuerda con las pruebas genéticas que manejamos”, dice Asbury. Al respecto, Plomin dijo a The Spectator: “Si podemos leer el ADN de un niño, podemos predecir y prevenir enfermedades. De la misma forma, tal vez, logremos adaptar su educación para ayudarlo en su aprendizaje. Para ese menor seguramente será mejor que sólo sentarse en clase y perderse porque nadie identificó que tiene un problema”.

En el libro, los autores explican que la mayor o menor eficiencia al momento de aprender a leer es hereditaria, porque opera como una amalgama de habilidades sujetas a la influencia genética, tales como ver, escuchar y establecer conexiones entre las ideas. Asbury y Plomin explican que, de hecho, entre 5% y 10% de los escolares tiene problemas con la lectura y que entre ellos “es común ver dificultades al contar sílabas o aprender los sonidos de las letras”.

En este ámbito, uno de los hallazgos más importantes fue realizado por la U. de Oxford. Los investigadores analizaron 6.000 niños e identificaron un gen clave para las habilidades lectoras: el KIAA0319, que reside en el 15% de la población y cuyas variaciones inciden en un bajo rendimiento en pruebas de lectura.

La razón: su mutación afecta el desarrollo de la corteza cerebral, la zona responsable por los procesos de razonamiento. En tests con fetos animales, se ha visto que la alteración del gen impide que las células nerviosas que se generan en el embarazo lleguen a su destino definitivo en la corteza cerebral, lo que incide en problemas como la dislexia.

El mismo Plomin realizó una investigación en gemelos junto a la sicóloga cognitiva Yulia Kovas, del Goldsmith College de Londres. Ambos identificaron entre 50 y 100 marcadores que afectan la memoria a largo plazo y la atención, dos factores claves al leer y escribir. Esto explicaría otros resultados obtenidos por Plomin que indican que los talentos prelectores (como el aprendizaje del alfabeto) tienen directa relación genética con una posterior habilidad lectora: en otras palabras, los genes que definen cuán rápido aprende las letras un niño de tres años siguen influyendo en la forma en que lee Harry Potter a los nueve años.

Considerando los resultados obtenidos por la U. de Edimburgo (quienes despliegan mayores habilidades de lectura y matemáticas a los siete años tienen mejores ingresos, casas y trabajos al cumplir 42 años), Asbury cree que es esencial aprovechar estos datos “para proveer un apoyo temprano y personalizado a los niños que presentan dificultades”.

Las pruebas realizadas por el equipo del King’s College también han ligado las diferencias en el aprendizaje matemático con variaciones del ADN. Los expertos identificaron 10 marcadores en el genoma que afectaban el rendimiento matemático: los niños que los portaban eran casi dos veces más propensos a tener un bajo desempeño. En teoría, dicen Asbury y Plomin en el libro, esto podría permitir el uso de un simple test para identificar un bajo talento con los números, pero la crianza hace que lograr esta meta sea complejo: los niños que portaban estas variantes “riesgosas” eran especialmente propensos a rendir mal cuando vivían en hogares caóticos y tenían padres negativos y castigadores.

“Debido a que aún no sabemos con absoluta certeza la función de estos marcadores genéticos, portar uno podría representar una desventaja en matemáticas, pero una ventaja en otra área. Después de todo, por alguna razón la evolución no se deshizo de estas variantes. Recién empezamos a mapear la genética de los logros matemáticos y queda un largo camino por recorrer”, explica Plomin.

Un paso en esta ruta se podría dar con el Proyecto Einstein, del Instituto de Tecnología de Massachusetts y que buscará mapear el genoma de 400 matemáticos y físicos de las mejores universidades de Estados Unidos. Michael Hutchings, matemático de la U. de Berkeley, dijo aNature que si se hallan marcadores genéticos, éstos no sólo podrían identificar a un genio de los números, sino que también ayudarían a los padres a entender las habilidades particulares de sus niños y darles el apoyo que necesitan.

La evidencia recopilada por Asbury y Plomin no sólo se circunscribe a la lectura y las matemáticas. Estudios de gemelos en Bélgica y Portugal muestran que más del 75% de las diferencias en la actividad deportiva que despliegan los adolescentes tiene una base genética (existen casi 200 genes ligados con el rendimiento físico, de los cuales el más conocido es el ACTN3, que se asocia a una proteína que ayuda a que los músculos se contraigan fuertemente cuando el cuerpo corre a alta velocidad).

¿Qué se puede hacer con toda esta información? En el libro, los autores plantean el esqueleto general de una escuela que integre el aspecto genético: además del uso de posibles tests para identificar habilidades y falencias, la idea es que estos colegios funcionen como pequeños campus universitarios que ofrezcan el rango más amplio posible de ramos y actividades para crear un curriculum individualizado para cada estudiante.

Otra idea que plantean Kathryn Asbury y Robert Plomin es usar algún software que genere tutores personales para los estudiantes y que éstos se adapten al progreso de cada uno de ellos.

“Cualquier cambio educacional tiene que basarse en evidencias y, si bien las pruebas sobre el impacto de la genética son sólidas, nuestras ideas sobre reformas son sólo ideas. Aún queda mucho por hacer para definir exactamente cómo sería esta nueva escuela, si la sociedad realmente la necesita o si sería efectiva”, concluye Asbury.

Fuente: La Tercera 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here