Mi encuentro con el Viejo Pascuero (Papá Noel), por Mario Salazar

0
10

descargaPara mi, como para muchos de nosotros, la existencia del Viejo Pascuero fue el signo más claro de nuestra primera infancia y su inocencia, quizás fue por esta razón que por defender su existencia me trencé a golpes con mi mejor amigo, cuando sin mediar rodeos me lanzó en la cara una verdad inaceptable…: “Sabí…Te están engañando, el Viejo Pascuero no existe…” Muchos años después, en un lugar del norte de Suecia, baje de un tren y me encontré en el andén de la estación más helada del planeta, donde casi congelados, me esperaban dos colegas suecos, con quienes iniciaríamos una gira de escritores por escuelas del norte del país. Poco más allá del medio día comenzamos el viaje hacia nuestro primer destino de trabajo. Había sido un año de grandes nevadas, de forma tal que al limpiar las carreteras se habían formado murallas de nieve en ambos costados de los caminos, transformándolos en verdaderos laberintos de hielo. A pesar que eran a penas las tres de la tarde, hacíamos nuestro viaje bajo una hermosa noche invernal, pues a fines de noviembre en esta parte de la tierra, el sol sólo a penas alcanza a darle un beso para luego dejar su lugar al reino azul de la noche boreal. Viajábamos dejando atrás lugares que parecían despertar por unos segundos al ser iluminados por los faroles del auto, para luego volver a unirse a la oscuridad del invierno, así en nuestro viaje continuaba atravesando bosques cobijados por el silencio de  la nieve y lagos transformados en praderas, paralizados por el frío de todas las formas del frío. De pronto nos detuvimos. Mis amigos se miraron y se sonrieron, me pidieron que bajara…Al salir del auto uno de ellos se acercó a mi y antes que alcanzara a preguntar qué estaba sucediendo, me pidió que fijara mi vista en una dirección hacia del cielo. Fue entonces que presencié un fenómeno que me dejó en el alma un recuerdo imborrable, el cual posteriormente se uniría al más mágico de los encuentros, que sin siquiera sospecharlo, me aguardaba en ese mismo viaje… Imaginé de inmediato, lo mismo que UD. está pensando: Un OVNI, un platillo volador o algo así…  No, fue algo totalmente distinto, pero igualmente mágico… Me pidieron que no dejara de mirar en la dirección que ambos señalaban, como si se tratara de algo que no me podía perder desde su inicio; Tal si fueran la ante sala de un espectáculo preparado por ellos mismos, para compartirlo con un amigo. images (1)A los pocos segundos, sobre los árboles que enmarcaban el cielo, apareció una red finísima de pequeñas estrellas celestes, deslizándose lentamente sobre un fondo inmensamente oscuro, acompañada por entorno de planetas y estrellas que creaban el escenario justo para su presencia, atravesando el firmamento, como si fuera el velo perdido de la novia de algún ser mitológico, flotando sobre la inmensidad de esa de la noche la Aurora Boreal  se hacia presente para maravillar mis ojos y dejar su rastro en mi alma para siempre… Ella, la Aurora Boreal, nace y hace su viaje sólo en una época del año, cuando en pleno invierno el cielo está abierto y transparente y en la tierra el frío llega a detener al tiempo, como si su aparición necesitara que todo quedara inmóvil, conteniendo el aliento frente a su belleza. Aquel bello fenómeno  desapareció tras arboleda y nosotros continuamos nuestro viaje, comentando lo sucedido y comenzando a afinar nuestro programa de trabajo, el cual comenzaríamos a dar curso al llegar a nuestro destino. Conversábamos animadamente, cuando de pronto, medio hundido en la nieve, alcancé a divisar un cartel que en un primer momento, no pude creer lo que ahí se indicaba. En aquel letrero alcancé a leer clarito:         “Al taller del Viejo Pascuero”. (Till Jultomte Verkstad). Pasamos y el letrero quedó atrás…Casi no supe como armar, ordenar o y hacer salir mis palabras en sueco, hasta que pero por fin le logré y pude preguntar a mi colega que conducía, si lo que había visto un par kilómetros atrás era real… Me contestaron que sí… Algo sabían de ese lugar,  pero nunca habían estado ahí. Entonces les rogué, les imploré desde el fondo de mi infancia, a nombre de todos los sueños de Navidad de los niños que fuimos y de los que son, que se detuviera y nos dirigiéramos a ese lugar. Rieron y me comentaron que detenernos nos podría demorar mucho y perderíamos la cena de recepción con que nos esperaban…Volví a rogar, asumí pagar la cena en otro lado, pero debíamos ir a ese lugar… Por fin nos detuvimos y dimos la vuelta para retomar el camino en dirección a esa señal… Fue así que comenzamos a un camino, que no lo medí en kilómetros, sino en latidos de mi corazón, que al igual que en las navidades de mi niñez, parecía salirse de su centro. Mientras avanzábamos les fui contándoles sobre nuestras, “Pascuas”, y la de nuestros árboles navideños que en pleno verano se llenan de nieve de plástico y nuestro “viejos pascueros” derretidos bajo los infaltables 30 grados de los días previos de diciembre allá en Chile…Incrédulos me escuchaban y juntos reíamos al vernos, tan cerca y tan lejos frente a esa misma emoción que habíamos acunado de maneras tan dispares en las infancias de cada uno de nosotros… Una emoción antigua había renacido en mi y reconoció su lugar en mi pecho, con esa misma fuerza que nos hacía temblar cuando escondido con mis hermanos esperábamos la llegada de las 12 de la noche del día 24…y los llamados de los “grandes”, que desde el otro lado de la puerta nos anunciarían el fin de la espera con la frase más esperada del año: “¡Llegó el Viejito Pascuero…!” …Y no faltaba alguien que nos invitaba a salir a mirar hacia el cielo de esos veranos navideños, para alcanzarlo a ver antes que desapareciera en su viaje de regalos y también de frustraciones, pero siempre inocente de no haber logrado cumplir… Corríamos indicando hacia cualquier dirección de la noche, asegurando que por allá se fue…y más de alguno vio en esas noches  la estela celeste de su trineo alado… Ahora iba acercándome a un lugar señalado por un letrero de verdad hacia el lugar donde estaba su taller…, Mi infancia iba conmigo muchos años después viajando al interior del Círculo Polar Ártico, rodeado de árboles  cubiertos de nieve que bajo ese cielo se iluminaban con las estrellas de un cielo diáfano que les daba una luminosidad celeste, unidos al recuerdo de los pinos de nuestra tan chilenas navidades, asombrosamente distintos y a la vez semejantes a los pinos de nuestras pascuas, pinos rendidos por calor, adornados con nieve de algodón de vidrio….En ese instante se habían unido deteniendo el tiempo y uniendo todas las distancias haciendo que todo fuera parte de una experiencia  que parecía nueva y a la vez ya vivida en la imaginación de siempre… Mi voz era el silencio, todo el paisaje, todas las sensaciones se entretejían formando una realidad unida al pasado y a lo que estaba viviendo, enfrentadas a  un sólo instante. Mi encuentro con el Viejo Pascuero… Luego de una suave loma, comenzamos a entrar en un pequeño pueblo. Sobre la blancura de sus calles y jardines cubiertos por una densa capa de nieve, se levantaban casas blancas de un piso, con nieve hasta casi el borde de sus ventanas, desde las cuales, siguiendo una hermosa costumbre sueca, lámparas colocadas frente a las ventana, reflejaban en sus jardines nevados una luminosidad, entre amarilla y anaranjada, contrastando bellamente con los colores blanco azulados de todo el entorno abrazado por el invierno. Habíamos llegado. Entre aquellas casa se distinguía una un poco más grande que las demás, a la cual se le adhería una galpón, una suerte de taller de trabajo. Nos detuvimos frente a ella. Corrí hasta una de sus ventanas y al mirar a su interior descubrí a una docena de personas, hombres y mujeres, con sus respectivos gorros rojos, trabajando sobre mesones en los cuales había diferente tipos de juguetes…habíamos llegado al taller donde se fabricaban los sueños, era ahí, era verdad que existía. Temblaba sin dar crédito a lo que estaba viendo, porque además frente a la casa, justo a la entrada había un reno. Sí, un reno que escarbaba la nieve del jardín de la entrada de esa casa en busca de su alimento… No tenía la nariz roja, pero era la evidencia de que estaba donde estaba, lugar además que es el  hogar de los renos de la tierra… Nos acercamos a la entrada de la casa y tocamos el timbre, Nos abrió una amable señora, redondita y amable…La emoción de ese encuentro me impedía articular palabra. En ese instante, justo cuando que estaba por entrar a la casa del Viejo Pascuero, los símbolos de mi infancia se hacían presentes como una lluvia de esperanzas aún latiendo, recuerdos, lágrimas y sonrisas… Mi colega le explicó la razón de nuestra presencia; diciéndole que un amigo venido desde el otro lado del mundo necesitaba  encontrarse con Papá Noel…. La señora me miraba de arriba abajo, mientras yo, sin atinar que decir, temblaba sintiendo una emoción que llegaba desde los comienzos de mi tiempo, de cuando la vida era creer y soñar. Nos dijo que esperáramos…que estaba en esta época muy ocupado, pero que iba ver qué podía hacer…Nos  sirvió una café, imaginando que mi estado se debía al frío, y nos pidió que esperáramos un momento, que iba consultar si nos podía atender… Los minutos que tardó me parecieron horas, hasta que por fin se abrió la puerta, desde donde desembocaba un pasillo que conectaba la casa con el taller. Entonces, sin mediar mayor ceremonia entró al pequeño hall donde lo esperábamos. Era un hombre muy distinto al abuelo de rojo que todos conocemos. Tendría unos setenta años, alto de cabellos blancos, vestía un suéter azul marino, pantalones del mismo color, suecos y una camisa blanca… Me extendió su mano para saludarme, sin imaginar que al tenerlo frente a mi me abracé a él, como si él fuera el verdadero salvavidas del naufragio de mis ilusiones de niño… Fue así que lo encontré y su historia lo hizo ser más verdadero que todo lo real que pude imaginarlo… Durante la Segunda Guerra Mundial él  tenía 30 años y trabajaba en el Correo. Horrorizado por las noticias de los bombardeos sobre ciudades donde miles de niños eran asesinados o quedaban  mutilados, decidió, aprovechas su trabajo para comenzar a recoger juguetes en mal estado, los que iba reparando durante todo el año, para luego transformarlos en el contenido de paquetes que comenzó a enviar a los hospitales de las ciudades víctimas de la brutalidad de la guerra, así fue que durante los  años que duró la Segunda Guerra Mundial  hizo llegar sus paquetes a los hospitales de Berlín, Londres y otras ciudades destrozadas por los bombardeos aéreos. Cada paquete fue enviado con un sólo remitente; Polo Norte; El Viejo Pascuero… Al pasar los años jubiló y las autoridades de la pequeña comunidad donde vive le dieron en comodato una casa y un taller para que continuara con su obra. Cuando lo conocí, estaba preparando un envío para los niños de Nicaragua, que en ese entonces eran víctima de una terrible guerra civil. Al despedirme le dije: No sabe cuanto me alegra haber encontrado al verdadero Viejo Pascuero.- Me quedó mirando y con toda calma, me dijo: “El verdadero puede estar en todo el mundo, no sólo aquí, y siempre estará con nosotros, porque él habita en el corazón de todos quienes son capaces de ser felices al dar lo mejor para lograr la sonrisa de los niños, que es el mejor lugar donde habita la vida y nace la paz de todos.   Mario Salazar Muñoz   La realidad es la mayor ficción de la vida, sólo se hace posible cuando nuestras emociones nos  abren las puertas de la realidad, para permitirnos vivir el pequeño instante de la verdad.            

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here