En el país de los ciegos, por Cristián Warken

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Todos somos, al final, fotógrafos ciegos de una luz perfecta que nos rodea y que nos guía, pero que muchas veces no vemos o, lo que es peor, no sabemos que existe…

ciegoNo sé qué hacer con un libro sobre el fotógrafo Sergio Larraín que llegó hace poco a mis manos. Hay libros que a veces uno no puede seguir leyendo por la conmoción que suscitan. Este es el caso. Fue el poeta Diego Maquieira el que me ordenó buscarlo. Uno no recibe órdenes así de imperativas dos veces en la vida, así que fui a la librería más cercana y, sin preguntar el precio, lo adquirí. A veces no vale la pena derrochar ni una gota de energía en regateos. Como sabemos, la energía de la que disponemos es muy escasa, y libros como este requieren que nos encerremos de inmediato con él, a solas, sin perder el tiempo, aprovechando el escaso oxígeno que nos queda en nuestro traje espacial mientras estamos sobre la Tierra (como en una escena dramática de la película “Gravedad” que acabo de ver). Ahora floto en el aire con este libro entre mis manos; a veces el libro supera la fuerza de gravedad y se me escapa, luego vuelve a mis manos, leo pedazos de cartas de Larraín, paso por sus fotografías, verdaderas iluminaciones que dan cuenta de su vagabundeo por la Tierra. La máxima obsesión de este fotógrafo fue lograr estar presente en la vida; la mayoría de nosotros estamos, la mayor parte del día, ausentes de la vida. La fotografía fue para él solo un medio para avanzar en la tarea fundamental de todo artista y de todo hombre: la de impedir que la mirada envejezca. “Hay que preservar el milagro de la vida, con alegría y ternura, criar a los hijos, proteger a los ancianos, oír a los mayores. En ese momento de eternidad que es la realidad, Agnes”, dice Larraín en una de sus cartas, que más bien son manifiestos de vida y arte, faros para todos los que nos extraviamos o naufragamos en un mundo que a veces parece más absurdo que bello. Para este fotógrafo que murió en Ovalle como un anacoreta, “una buena imagen nace de un estado de gracia”. Larraín sabía que el aprendizaje del verdadero artista debe comenzar “con mucho vagabundeo, estar sentado debajo de un árbol, en cualquier parte. Es un andar solo por el universo; de repente uno empieza a mirar. El mundo convencional te pone un biombo, hay que salir de él”. En los días que corren, en que miles de fotografías desmesuradas de caras de candidatos copan de manera obscena nuestro paisaje visual, gritando “¡Aquí estoy Yo, Yo soy el mejor, Yo, Yo!”, impresiona el despojo total, el alejamiento de toda forma de ego y poder de este genio de la imagen. Larraín es de las personas que se han trabajado a sí mismas para dar un salto en la conciencia, que es tal vez lo único que nos pueda salvar de todas las formas de destrucción disponibles que amenazan este universo que nos tocó habitar. Pero de este universo nos hemos alejado como astronautas temerarios que hubieran perdido el contacto con la torre de control. Quienes nos gobiernan, los que nos han de gobernar, los que toman las grandes decisiones, los empresarios, intelectuales, políticos de este país, harían bien en leer este libro sobre un compatriota excepcional, que está por sobre el nivel de flotación media de nuestra bochornosa y penosa medianía espiritual. Para tantos que andan preocupados de la “imagen”, aquí hay una gran enseñanza de cómo mirar, de cómo buscar imágenes inocentes, verdaderas. Estos son mensajes de un ser humano que recorrió el mundo, que se perdió por las calles y pasajes de Valparaíso, por los vericuetos andinos de Bolivia o las tardes brumosas de Londres, no en busca de fotografías para montar en una exposición o para enviar a revistas o concursos. Larraín no salió a buscar imágenes, salió a encontrarlas. Sus escritos y fotografías parecen cartas de un extraterrestre iluminado, que hubiese visto la Tierra por primera vez. Larraín nos hace una invitación maravillosa: la de no perdernos el milagro efímero de cada instante. Porque todos somos, al final, fotógrafos ciegos de una luz perfecta que nos rodea y que nos guía, pero que muchas veces no vemos o, lo que es peor, no sabemos que existe.

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